En un día de brote, escribir es lo primero que cede.
Unas manos doloridas, rígidas y a veces con hormigueo hacen que un par de líneas vayan bien, pero una bandeja llena o un informe largo se vuelven un problema. Pasada cierta longitud, cada párrafo les cuesta algo a tus manos. El dictado pasa el grueso de eso de tus dedos a tu voz.